El hijo de la Argiva. Perseo y Arcisio

jueves, 8 de abril de 2010
Las puertas de la sala de banquetes de Policdetes se abrieron de par en par, una figura se recortó en las sombras. Perseo penetró en la estancia, su dura mirada contempló a los comensales y se fijó en el tirano, que presidía la mesa. Dánae contempló a su hijo, que ya se había convertido en hombre, mientras el silencio inundaba la estancia.
“Madre, Dictis, salid de aquí” dijo.
Ambos se apresuraron a obedecerlo y salieron de la estancia mientras el joven proseguía diciendo:
“He cumplido la misión que me encomendaste Policdetes, contempla tu premio”

Perseo sacó la cabeza de Medusa de la bolsa donde la llevaba oculta y todos pudieron contemplar asombrados el rescate de Dánae. De pronto un fogonazo escapó de la cabeza cortada y todos los presentes fueron transformados en piedra.

Fuera esperaban Dánae, Andrómeda, Dictis y una joven armada. Cuando Perseo llegó hasta ellos, la joven dijo:
“Perseo, ya has llevado a cabo el cometido para el cual te prestamos ayuda, devuelve a los dioses lo q es suyo”
Así fue como Perseo se desprendió del casco de Hades, del escudo de Atena, de la hoz y las sandalias aladas de Hermes. También regaló la cabeza de Medusa a la hija de Zeus, quien la colocó en la égida.


Un tiempo después se convocaron unos juegos en Larisa, en honor al fallecido rey de la región, y Perseo decidió presentarse para alcanzar fama entre los helenos. Había decidido no acercarse a Argos ya que temía que el designio del dios délfico se cumpliera y diera muerte a su abuelo Arcisio.
Los Juegos habían comenzado, Perseo se presentó a diversas pruebas en las que salió vencedor y ganó las coronas ístmicas. Era ya mediodía cuando se presentó a la prueba de lanzamiento de disco, el sol relucía con fuerza, Apolo contemplaba los Juegos desde el Olimpo. El hijo de Dánae lanzó el disco, imprimiéndole tanta fuerza que se salió de la pista y fue a la gradas desatando el pánico.
Perseo, asustado por lo que había hecho, corrió hacia la gradas y trepó por ellas. La multitud se arremolinaba en torno a un cuerpo ensangrentado. Perseo vio que el inmenso disco había golpeado la cabeza de un anciano de noble cuna, la sangre corría por su rostro.
“¿Quién es?” preguntó, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
“Arcisio, rey de Argos” le llegó la respuesta.
Perseo se derrumbó en ese momento y las lágrimas fluyeron de sus ojos. Al fin se había cumplido el castigo de Apolo a la familia de Dánao. Había manchado sus manos con la sangre de su abuelo, había quedado impuro ante los ojos de los dioses, ahora sería un desterrado para toda su vida…

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