La transmisión de la mitología celta

jueves, 10 de junio de 2010
La sociedad celta no fue dada a poner por escrito sus leyendas, los druidas sostenían que solo la memoria y la recitación podían mantener puras las tradiciones. Ese es uno de los grandes problemas que los historiadores, filólogos y otros estudiosos se han encontrado a la hora de profundizar en su sociedad, su pensamiento y sus tradiciones. Lo que de ellos nos ha llegado ha sido principalmente por recopilaciones de autores cristianos que datan del siglo VII a.C., se entiende que suavizadas en su aspecto religioso más druídico, mientras que otros se han mantenido vivos en la tradición oral popular de las zonas celtas.
La aparición continua en los mitos celtas de Gran Bretaña e Irlanda se debe a la ausencia de restos materiales y la desaparición temprana de las tradiciones druídicas en el resto de la Europa céltica. “El libro de la vaca Dun” fue el primer hallazgo importante, manuscrito que contiene las sagas de héroe CuChulain, esta tradición fue recogida por un monje irlandés en el s. XII. Así, en recopilaciones de este tipo han llegado a nuestros días parte de la mitología popular celta.
Como ya mencionamos más arriba, la tradición oral ha sido fundamental para la transmisión de la mitología celta, hasta el siglo XVIII existían en Irlanda, último reducto celta desde los romanos, narradores (tinkers) que contaban sus historias en las tabernas al calor del fuego, herederos directos de los filidh medievales, quienes viajaban por las diferentes cortes de los reyes de la isla, y quienes a su vez habían heredado el legado de los druidas de los robledales.
Por este motivo es por el que, en muchas ocasiones, los mitos celtas, que se supone que se originaron en la Antigüedad, tienen ese cariz tan medieval que les es característico. También a ello contribuyeron autores del Romanticismo irlandés, como Yeats, quienes recrearon las versiones populares en la, tan de moda por aquella época, Edad Media. Las leyendas artúricas, el ciclo de Cuchulain, y tantos otros cuentos parecen perderse en la noche de los tiempos, pero han llegado a nosotros revestidos de un medievalismo romántico que oscurece muchas facetas originales que quizá se han perdido para siempre.

El vuelo de los cisnes. De la Roca de las Focas a las Tierras del Oeste

martes, 8 de junio de 2010
Los hijos de Lir cantaban sus penas desde el lago del Ojo Rojo, visitados por todos los habitantes de la Comarca, quienes se paraban a escucharlos. Un día decidieron que era hora de partir. Decidieron dirigirse al este, hacia el mar que separa Erín de Alba.
De pronto una tormenta les salió al paso, las fuertes ráfagas de aire los separaban:
−Encontrémonos en las Roca de las Focas por si nos perdemos.
Los truenos y relámpagos los envolvieron, fuertes vientos los llevaron de aquí para allá y la lluvia empapaba sus plumas.
Fingula, agotada, volaba buscando la roca. De pronto el mar se levantó arrojándola a tierra. Era el islote y allí estaban Conn y Fiachra empapados y cubiertos de sal.
−¿Dónde está Aod? –inquirió Fingula mientras refugiaba a sus hermanos bajo sus alas.
Cuando llegó la calma y apareció el sol Aod aún no había aparecido. Pero de pronto un pescado fue arrojado delante de ellos. Aod aparecía seco y con comida para alborozo de sus hermanos.

Un día un grupo de radiantes caballos blancos se acercó a la costa, los niños reconocieron a los hijos del rey Dearg y le pidieron noticias a lo que respondieron:
−El rey, nuestro padre, está bien y también el vuestro, el rey Lir. Sin embargo están afligidos por vuestra ausencia.

A su regreso los hijos de Dearg relataron lo que habían visto entretanto los hijos de Lir volvían a casa. Cuando llegaron a la colina del Campo Blanco, lo encontraron todo abandonado, la hierba había tomado posesión del lugar. Desolados los niños partieron hacia las islas del Oeste.

Por esa época la profecía se hacía realidad, Deoch, princesa de Munster se había prometido con Lairgnen, príncipe de Connaught. Sin embargo, Deoch quería que su príncipe le trajera los cisnes. Lairgnen los encontró en el lago de los Pájaros, se acercó a ellos y les quitó las cadenas de plata con los que la bruja los había encadenado.
En ese instante los cisnes se transformaron de nuevo en humanos, pero los niños se habían convertido en ancianos. Murieron al poco y sus cuerpos se dispusieron de la misma forma que habían estado en vida: Fiachra y Conn a ambos lados de Fingula y Aod sobre su pecho.

El vuelo de los cisnes. El demonio del aire

domingo, 6 de junio de 2010
La bruja se devanaba la mente pensando qué le diría a su padre adoptivo al presentarse ante él sin los hijos de Lir. Conocía el poder del Sumo Monarca pero también sabía el miedo que le inspiraba el rey de la Colina del Campo Blanco. Un plan se fue forjando, Erín podría sumergirse en la guerra, pero ella quedaría a salvo en Tara.
Pronto llegó a la Colina donde reinaba su padre adoptivo y, antes de que pudiera desmontar, los hombres del Consejo le asediaron a preguntas acerca de los niños:
−No hablaré a menos que esté ante el rey –dijo Oifa.
−Aquí me encuentro –Dearg había aparecido de pronto− habla.
−El rey Lir, mi esposo, se niega a que sus hijos se eduquen al amparo de vuestros muros.
Dearg, a quien los druidas le habían enseñado prudencia, moderó su primer impulso de indignación. Acogió a su ahijada, pero al mismo tiempo envió emisarios a la Colina del Campo Blanco.
−Mis hijos fueron enviados a la Corte de Dearg –dijo Lir a los emisarios.
−Vuestra esposa afirma que os negáis a enviarlos –repuso el hombre que encabezaba la delegación.
−Pues ella miente. ¿Qué ha hecho con mis hijos?
Y tras esta pregunta el rey Lir reunió a sus guerreros y se dirigió a la Colina de Tara.

Al pasar por el Lago del Ojo Rojo unos cisnes cantaron:
−Saludamos a la compañía de jinetes
que se acercan al Lago del Ojo Rojo,
¿no son estos hombres de magia y poderío
que nos buscan entre las olas?
Así pues, acercaos a la orilla
hermanos, Aod,
Fiachra y el hermoso Conn,
porque estos jinetes no son extraños
sino nuestro padre Lir y sus hombres.

−¿Quiénes sois? –inquirió el rey acercándose al lago.
−Somos los hijos de Lir −respondieron− nuestra madrastra nos hechizó.
Entre lágrimas y gran desconsuelo, Lir y sus hombres siguieron rumbo a la Corte de Dearg. Una vez allí contó al rey de Tara lo que su hija había hecho. Este montó en cólera y la hizo llamar:
−¿A qué criatura es la que más detestas por su figura en este mundo?− inquirió el rey a la bruja.
−Los más horribles son los demonios del aire –repuso.
−Pues en uno de ellos vas a convertirte –dijo el rey a la vez que esgrimía su varita.
En ese momento el bello rostro de la mujer adquirió un tono enfermizo y afilado, unas horribles alas surgieron de su espalda y se desvaneció en el aire, donde moraría por el resto de sus días.

El vuelo de los cisnes. La madrastra

viernes, 4 de junio de 2010
Dearg estaba disgustado. La muerte de Ove hacía peligrar el equilibrio en Erín, si Lir decidía que era más poderoso que él posiblemente lo retaría y la guerra retornaría a las feraces praderas de la isla. Los reyes buscarían nuevas alianzas y el Sumo Monarca sería destronado hasta que hubiera una nueva elección. Tendría que reafirmar la alianza con su inestable yerno y Oifa, la hermana de Ove, sería la herramienta ideal.
Una nueva boda se celebró en la colina del Campo Blanco. Lir y Oifa contraían matrimonio. La pareja vivió feliz y los hijos de Ove crecieron en paz. Pero la madrastra de los niños pronto empezó a sentir celos de los hijos de su hermana.

Una noche Fingula, la hija mayor, se despertó en medio de una pesadilla, había soñado que su madrastra era una malvada bruja que los sacrificaba a los poderes del Sidhe. Esa mañana acudió temerosa a la llamada de Oifa, quien había decidido sacar a los niños a dar un paseo en su carro.
Fingula se resistió, temía las intenciones de su madrastra. Pero sus forcejeos y lloros no sirvieron para nada y sus tres hermanos, su madrastra y ella salieron en dirección al lago de los Robles. Éste era un lugar habitado por las gentes del Otro lado, por los hombres del Sidhe. La leyenda decía que eran los antiguos habitantes de Erín, quienes, tras ser derrotados por los hijos de Mil, pidieron habitar en aquellos lugares que fueran inaccesibles para los vencedores. Así fue como se refugiaron en los lagos, cavernas y bosques.
Una vez en el lago la madrastra gritó:
−¡Escuchad habitantes del Sidhe! Soy Oifa y vengo a entregaros a los cuatro hijos de Lir en sacrificio.
Sin embargo los habitantes del Sidhe no la escucharon ya que ellos no eran perversos y de nada les beneficiaría quedarse a unos descendientes de Mil. Ante esto mandó a los niños al lago a nadar y, una vez que estos estuvieron dentro, la mujer sacó una varita regalada por un druida y cantó:
−¡A las aguas salvajes, descendencia real de Lir! Vuestros gritos se perderán para siempre entre las aves.
Al mismo tiempo que cantaba arrojó unas cadenas de plata al lago. Las aguas comenzaron a hervir, mientras los niños gritaban y se retorcían, un suave plumón, que al tiempo se convirtió en plumas rodeó el cuerpo de los niños, sus voces se convirtieron en graznidos, y al poco, los hijos de Lir eran cuatro hermosos cisnes.
Pero Fingula aún conservaba algo de su poder y dijo:
−¡Te conocemos por lo que eres bruja! Tienes el poder de hacernos nadar en el lago, pero descansaremos en tierra a la luz de la luna y conservaremos el don del habla para transmitir tus maldades a quien quiera escucharnos. ¡Deshaz este hechizo!
La bruja atemorizada por las palabras de la niña cisne dijo:
−Vuestra forma la recuperaréis cuando Connaught del Sur se case con Munster del Norte.
Y huyó atemorizada hacia la corte del Sumo Monarca.

El vuelo de los cisnes. Lir y Ove

miércoles, 2 de junio de 2010
En la verde Colina de Tara se había convocado al Consejo de los Cinco Reyes para elegir al Supremo Monarca. Dos eran los candidatos: Dearg, hijo de Dagda, de la estirpe de los druidas, cuyo linaje se remontaba a los hijos de Mil, famoso por su habilidad en la caza, y Lir, rey en la colina del Campo Blanco, victorioso en la guerra y destructor de barcos. Los reyes eligieron a Dearg y una cólera negra invadió a Lir, quien abandonó la Colina sin prestar fidelidad al nuevo Supremo Monarca.
Los reyes se aprestaron a iniciar la persecución y dieron orden de herirlo a espada y lanza por su traición. Sin embargo el nuevo Supremo Monarca lo impidió:
−El día de mi elección no se derramará sangre en Erín −declaró− le haremos pariente nuestro y podrá elegir esposa entre las tres hijas de Oilell de Arán, mis hijas adoptivas.

El rey Lir se había refugiado en su corte en la colina del Campo Blanco mientras rumiaba su negra cólera y allí llegaron los mensajeros de Tara. El rey acogió a los emisarios, escuchó la oferta del Supremo Monarca y la consideró aceptable. A los pocos días organizó una comitiva de cincuenta carros en dirección al lago del Ojo Rojo, en Killaloe. Allí estaba el Supremo Monarca Dearg y las tres hijas de Oilell. Eran tres preciosas doncellas, de cabellos de oro oscurecido y ojos verdes, fino talle y gráciles piernas. Iban vestidas con túnicas de lino blanco, traídas de más allá del mar y, ajustados a sus finos cuellos, un collar de oro que resplandecía a la luz del sol.
Las doncellas contemplaron al apuesto rey. Era el más joven de los cinco reyes de Erín y su barba negra azulada aún no tenía canas, su melena castaña con reflejos cobrizos ondeaba al viento enmarcando un rostro que en apariencia parecía duro, sin embargo bajo esa dureza se percibía la confusión en la que se hallaba por la elección.
Dearg, que se sentía responsable de la paz en Erín, quería calmar las ansias belicistas del rey Lir, necesitaba atarlo a él de alguna manera. Y nada mejor que un matrimonio para hacerse con un poderoso aliado. Parecía que su plan funcionaba ya que Lir se había quedado prendado de sus ahijadas:
−¿Por cuál de ellas te decides? –preguntó suavemente y sugirió− la doncella Ove es la mayor de las tres y será tuya si la deseas.

Lir y Ove se casaron en la colina del Campo Blanco y el matrimonio fue feliz, tuvieron mellizos, Fingula y Aod. El joven rey sirvió desde entonces al Supremos Monarca con fidelidad en todas sus guerras. Sin embargo unas oscuras nubes de tormenta se cernieron sobre la corte del Campo Blanco.
Ove se acercaba a un nuevo parto, pero este presentaba complicaciones. Los druidas y matronas no pudieron hacer nada y, tras dar a luz a dos nuevos hijos, la madre murió. Lir se sumió en la tristeza.
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Kairós